
Dos marineros amigos,
Jacques y Henri, trabajaban en un buque carguero por el mundo, y
andaban todo el tiempo juntos. Cada vez que llegaban a un puerto,
bajaban a tierra a ver y a conquistar chicas. Un día arribaron a una
isla del pacífico, en la Polinesia Francesa, desembarcaron y fueron
al pueblo a divertirse.
En el camino se cruzaron
con una muchacha que estaba lavando ropa en un pequeño arroyo.
Jacques se detiene a conversar con ella. Le hace preguntas sobre la
isla, sobre las costumbres de la gente, se interesa en saber mas de
ella como persona, lo que quiere hacer en la vida, lo que piensan sus
padres de los forasteros y muchas curiosidades de ese tenor. La chica
lo escucha con atención y va respondiendo con firmeza e inteligencia,
y hasta con cierta timidez, las inquietudes de Jacques. La charla
dura un largo rato.
Henri se queda al margen
de la conversación, pero al notar que esa mujer no es nada del otro
mundo le dice a su amigo que no pierda el tiempo, que debe haber mas
chicas bellas en el pueblo. Sin embargo, el otro insiste en continuar
el dialogo y asi se va casi toda esa tarde en esa entrevista. La
mujer aceptando la charla de Jacques sin dejar de hacer sus tareas
con la ropa, hasta que, finalmente, le dice al marinero que las
tradiciones del lugar le impiden hablar mucho tiempo con un hombre,
salvo que este manifieste la intención de casarse con ella. Dado el
caso, entonces debe hablar primero con su padre, quien es el jefe o
patriarca del pueblo, Jacques acepta y le dice: -Esta bien. Llévame
ante tu padre si es asi, ¡Quiero casarme contigo!